lunes, 11 de enero de 2016

Provocación y convivencia

Por Jesús Mtz. Gordo, teólogo (en kiosko y más)


El semanario satírico ‘Charlie Hebdo’ vuelve a ser objeto de polémica en el primer aniversario del atentado yihadista sufrido por su redacción. En esta ocasión por una caricatura en la que Dios, bajo el título ‘Un año después el asesino sigue corriendo’, lleva un fusil Kalashnikov a la espalda y, manchado de sangre, huye. En el editorial, Laurent Sourisseau, el director del semanario y uno de los supervivientes del ataque terrorista, denunciaba a los «fanáticos embrutecidos por el Corán», pero también «a los benditos idiotas de otras religiones» que «nos deseaban el infierno en el que creen por habernos atrevido a reírnos de la religión».

 Las reacciones no se han hecho esperar. Muchos periódicos han recogido el editorial publicado por L’Osservatore Romano y titulado ‘La fe manipulada’. El diario vaticano denunciaba «una imagen que hiere a todos los creyentes de las diferentes religiones». Es una caricatura, proseguía, citando a Anouar Kbibech, presidente del Consejo francés del culto musulmán, «que no ayuda, en un momento en el que necesitamos estar codo con codo». Esta reacción vaticana sintonizaba con el comentario realizado por un portavoz del episcopado francés cuando se preguntaba si éste es «el tipo de polémica que Francia necesita». Y con el mismo cardenal VingtTrois cuando se negaba a comentar dicha portada porque, sencillamente, «se ha hecho para provocar».

Menos conocidas son las declaraciones de Bruno Forte. Tanto la caricatura como el editorial, manifestaba el teólogo y secretario general del Sínodo de los obispos, están muy alejadas «de la verdad, porque todas las religiones, no solo la cristiana, sino también la hebraica y la musulmana, predican la no violencia en nombre de Dios. Si acaso, lo violento es asumir una postura ideológica» que juzga y excluye a los demás en nombre de una pretendida posesión absoluta de la verdad.


Igualmente han pasado sin pena ni gloria las consideraciones de François Boespflug, historiador de las religiones y especialista de la historia de la iconografía religiosa, además de autor de un libro publicado estos primeros días de enero sobre ‘Las religiones y las caricaturas. Los desafíos de la representación’. Según este analista, la caricatura de Charlie Hebdo es un «gran error» ya que puede facilitar una extraña amalgama de «odio a Dios y de incitación a la violencia». «La memoria de los caricaturistas asesinados, –comentaba amargamente–, se merece algo mejor que esta viñeta».

Mucho más relevante, tanto para el futuro de la convivencia en Francia como para la misma comprensión de lo que ha de ser la laicidad, ha resultado el encuentro del pasado 5 de enero del presidente de la república francesa con representantes de las religiones católica, musulmana, evangélica y judía y del que muy pocos medios de comunicación se han hecho eco.

Ese día, François Hollande los recibía en el Elíseo durante más de una hora para expresarles su agradecimiento por haber contribuido a la «cohesión nacional» durante el año 2015, marcado, como es sabido, por el terrorismo yihadista. El presidente citaba –agradecidamente, por cierto– párrafos de las declaraciones realizadas por los responsables de las diferentes religiones después de los atentados del mes de noviembre y llamaba a realizar «un examen de conciencia colectivo» ante la radicalización.

A la salida del encuentro, Haim Korsia, el gran rabino de Francia manifestaba que François Hollande reconocía haber «tomado conciencia de la importancia del hecho religioso para la cohesión social» a lo largo del año transcurrido. En el mismo sentido se manifestaba el pastor François Clavairoly, presidente de la Federación protestante de Francia y coordinador de la Conferencia de responsables de culto en Francia (CRFC): «El presidente ha tomado conciencia de la necesidad de las religiones para alcanzar la unidad nacional».

Ante la publicación de la portada y a la luz de algunas de las declaraciones vertidas creo oportuno desempolvar lo que escribí hace unos meses: «Cuando los periodistas de Charlie Hebdo fueron masacrados, declaraba el jesuita Franco Martellozzo, en África desde 1963, un responsable musulmán local me dijo: ‘Matar en nombre de Dios es el peor insulto a Dios, el pecado más grande’. Pero después, cuando el periódico volvió a la carga con una nueva caricatura y el gentío fanático quemó iglesias en Níger, el mismo amigo me dijo amargamente: ‘Provocar a los fanáticos no es una señal de inteligencia’».

Y quizá tampoco esté de más recordar la suma importancia de que la sangre, –ya sea la de los redactores de Charlie Hebdo y la de los masacrados en noviembre pasado o la de los miles de cristianos martirizados en Siria, Níger y en tantos otros países del mundo–, no nos ciegue ni imposibilite una convivencia en la que sea factible articular libertad y fraternidad sin provocaciones ni fundamentalismos de ningún tipo, sean religiosos o laicos.


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